En corto (TL;DR): Cuando una decisión sale mal, casi todos concluimos que fue mala, aunque la hayamos tomado con buena información y buenos argumentos. Hay un sesgo documentado para eso: juzgamos las decisiones por cómo terminaron. La salida es evaluar el proceso con cinco preguntas hechas el día que decides, no el día que sale el resultado, y llevar un registro para separar lo que fue criterio de lo que fue suerte. Abajo van un experimento con 692 personas, dos entrenadores de fútbol americano, un cuadrante de cuatro casos y un registro de una semana.
Lunes, reunión de revisión. La campaña no dio el resultado que se esperaba y alguien dice, con la serenidad de quien ve el partido ya terminado: “esto se veía venir”. Hay cabezas que asienten. Hace tres semanas, en la reunión donde se aprobó, nadie lo veía venir, pero eso no se menciona.
Algo así como criticar a quien apostó con ventaja porque justo salió el lado malo del dado. La apuesta pudo ser buena y el dado, malo, y desde la silla de la revisión las dos cosas se ven iguales.
La cuestión es que juzgar una decisión por su resultado se siente como rigor y funciona como ruido. Este artículo trata de cómo separar las dos cosas.
El mismo caso, con dos finales
Hay un experimento que lo muestra con una limpieza casi incómoda. Baron y Hershey lo publicaron en 1988: daban a los participantes decisiones médicas idénticas y solo cambiaban el final, éxito o fracaso. Las decisiones con final feliz salían mejor evaluadas, aunque quien juzgaba tenía exactamente la misma información que quien decidió.
El equipo de Aiyer, Kam, Ng y Feldman lo repitió en 2023 con 692 personas en línea. El escenario: un hombre de 55 años con dolor de pecho y una operación que alivia el dolor y alarga la esperanza de vida de 65 a 70 años, con un 8 % de riesgo de morir en el quirófano. Decide operarse. A la mitad le dijeron que salió bien, a la otra mitad que salió mal. Todos puntuaron la calidad de la decisión de -3 a +3.
Calidad de la decisión · réplica de 2023
Misma operación, misma información, mismo 8 % de riesgo. Cambia solo el final.
Medias de las 692 personas, en escala de -3 a +3. Elaboración propia con los datos de Aiyer et al. (2023). Las medias combinan a las personas que evaluaron al médico y al paciente.
La media bajó de 1,78 a 0,68 por nada que dependiera de quien decidió. Según los autores, el sesgo apareció incluso entre quienes dijeron que el resultado no debería influir en la evaluación.
Dos entrenadores, dos apuestas
Annie Duke llama resulting a este vicio en su libro Thinking in Bets (2018): derivar la calidad de una decisión de un solo resultado, cuando la suerte pesa. Para explicarlo contrasta dos jugadas de la final de fútbol americano de Estados Unidos, según cuenta en una entrevista del Philadelphia Inquirer.
Super Bowl de 2015
Pete Carroll
Tomó una decisión inesperada en la yarda uno. Falló, terminó en intercepción y los Patriots ganaron. Al día siguiente, los titulares la llamaron la peor jugada de la historia del Super Bowl.
Super Bowl LII
Doug Pederson
Su “Philly Special” fue igual de audaz y salió bien. Lo elogiaron como un genio.
Fuente: entrevista a Annie Duke en el Philadelphia Inquirer (29/05/2018). Duke describe ambas decisiones como bien razonadas; es su lectura, no un análisis mío de las jugadas.
Dos decisiones de la misma familia, una premiada y otra enterrada. Lo que las separó fue lo que ya no estaba en manos de ninguno de los dos.
Proceso y resultado, en cuatro casos
Darius Foroux lo resume en un artículo de 2018 con una idea práctica: el modelo mental para decidir mejor es fijarse en qué tan completo fue el proceso, no en cómo terminó. Si se cruzan las dos variables, salen cuatro casos.
El cuadrante es mío, para ordenar las ideas de Foroux y de Duke; no sale de ninguno de los dos.
El caso más peligroso es la suerte inmerecida: parece método y te invita a repetirla.
Cinco preguntas para juzgar el proceso
Si el resultado no sirve para evaluar la decisión, hace falta otra vara, y tiene que existir antes de saber cómo termina todo. Estas cinco las propongo yo, a partir de la idea de Foroux de mirar qué tan completo fue el proceso:
- ¿Qué sabía yo ese día? Solo lo que estaba sobre la mesa, no lo que supe después.
- ¿Qué alternativas miré? Con una sola opción no hay decisión, hay trámite.
- ¿Qué podía salir mal y con qué probabilidad? Un “puede ser” no cuenta; un número aproximado, sí.
- ¿Quién más lo revisó? Alguien que no ganara nada con que saliera bien.
- ¿Cuánto es suerte? Si lo repitieras cien veces, ¿cuántas saldría igual?
Decide pronto, que también cuenta
La otra mitad de la idea de Foroux va en dirección contraria y se complementa bien: no sobrepensar. En un artículo de mayo de 2018 cuenta que su proveedor de correo para la Newsletter lo tenía descontento desde hacía más de año y medio, que migrar se hacía más pesado cada mes y que habría sido fácil antes. Atribuye a Charlie Munger la idea de que los buenos negocios plantean una decisión fácil tras otra y los malos, decisiones dolorosas una y otra vez, aunque no da la fuente de esa cita.
Dicho de otra manera: posponer no es neutro, porque la decisión crece mientras no la tomas. Y no decidir, aclara él, también es una decisión; solo conviene que sea consciente.
Ojo con el matiz que pongo yo: decidir pronto no significa decidir sin información. Significa no seguir recogiendo información cuando ya no cambia la respuesta (completamente razonable).
Registro de decisiones de una semana
Esto es lo que haría para entrenar la diferencia entre proceso y resultado. Es un método propuesto, no probado:
- Elige tres decisiones por día, de cualquier tamaño: un proveedor, un precio, a quién delegas algo.
- Anótalas el mismo día, antes de saber cómo salen, con las cinco preguntas respondidas en una línea cada una.
- Déjalas reposar una semana sin releerlas. El resultado todavía no importa.
- Al octavo día, ponle un cuadrante a cada una: proceso bueno o malo, resultado bueno o malo.
- Cuenta las suertes inmerecidas. Son las que no te vas a dar cuenta de que repites.
La salvedad
Con Foroux me apoyo en dos artículos públicos de su sitio, de mayo y septiembre de 2018. Sus citas de Munger, de Dostoyevski y de Jim Rohn no traen obra ni fecha, y no las verifiqué: por eso aparecen como suyas y no como datos míos. Sus ejemplos personales son anecdóticos y su idea de que decidir antes es mejor es razonamiento, no evidencia.
El estudio original de Baron y Hershey (1988) no pude leerlo: el archivo está escaneado y sin texto. Lo trabajo a través de la réplica de 2023, que leí hasta los resultados principales y no hasta la discusión; las cifras vienen de ahí. Es un solo escenario médico, con participantes en línea y evaluaciones hipotéticas, lo que no equivale a evaluar decisiones reales en una empresa.
De Annie Duke conozco la entrevista en el Philadelphia Inquirer, no el libro, así que no cito su definición textual ni los detalles de la jugada de Carroll (marcador, tiempo), que no encontré en una fuente que pudiera leer. El cuadrante, las cinco preguntas y el registro son criterio mío.
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Suscribirme al NewsletterFuentes y créditos
- Darius Foroux, “Mental Models and Making Decisions You Don’t Regret” (13/09/2018) y “Want To Make Better Decisions? Do This” (22/05/2018), en inglés. Leídos completos. No incluí enlaces de afiliados ni promociones de sus libros.
- Sriraj Aiyer, Hoi Ching Kam, Ka Yuk Ng, Nathaniel A. Young, Jiaxin Shi y Gilad Feldman, “Outcomes Affect Evaluations of Decision Quality: Replication and Extensions of Baron and Hershey’s (1988) Outcome Bias Experiment 1”, International Review of Social Psychology 36:12 (2023), en inglés. Leída hasta los resultados principales; ahí se describe el experimento original de Baron y Hershey (1988, Journal of Personality and Social Psychology 54, 569-579), que no pude leer.
- Erin Arvedlund, entrevista a Annie Duke, Philadelphia Inquirer (29/05/2018), en inglés. Sobre su libro Thinking in Bets (Penguin, 2018), que no leí.
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